#298

Lo he esperado.
Como el perro espera a su dueño, atado a una farola en la calle.
Sin moverse un centímetro, sin apartar la vista de ese punto donde su silueta transmutó en un precipicio.
Con la ilusión contenida en los adentros.
Con la impaciente paciencia haciendo acto de presencia al creer que vuelve a recogerlo.
Con la cabeza alta, los sentidos alerta y el corazón comedido.
Con el amor en la mirada vidriosa.
Con la ternura de un rabo agitando
―izquierda, derecha,
derecha, izquierda―
el nervioso tic-tac del segundero en la acera.

Lo espero.
Como el perro espera a su dueño
―paciente, leal,
ferviente, fatal―
postrado en el prado del llanto a los pies de su tumba.
Como un centinela de pálida muerte aferrado a la resurrección en la orilla del dolor.
Queriendo creer que en algún momento volverá a levantarse.
Sabiendo que nada lo traerá de nuevo hasta él.
Y, con todo, esperando.
En el resquicio que alumbra la esperanza en medio de un fanal de larvas.

Lo esperaré.
Mientras me convierto en un raro híbrido.
―Mitad cánido,
mitad humano.
En parte cándido
y en parte huraño―.
Que espera eternamente la casualidad de su vida.
Como el perro abandonado mendigando en su indigencia
las pupilas que le miren, el cariño que le mime.
La limosna que le auxilie.

María Eugenia Hernández Grande

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