#289 [Los libros que te salvan]

El pasado 26 de marzo tuve la suerte de poder colaborar escribiendo un artículo que se publicó en el periódico digital «Tribuna de Ávila» en el blog quincenal que la Asociación Cultural de Novelistas Abulenses «La Sombra del Ciprés», a la que pertenezco, gestiona en su web. Abajo os dejo el texto con el que participé, la entrada original se puede leer haciendo clic aquí.

Todos sabemos, en mayor o menor medida, que la lectura aporta una serie de beneficios a nuestra vida.

Nos hace más cultos, nos ayuda a mejorar nuestra ortografía y nuestra forma de expresión, estimula nuestro cerebro, la retención de conocimientos… Y también nos acerca a lugares lejanos, nos ayuda a transitar por otras dimensiones, nos hace identificarnos con diversas situaciones, emociones, contextos o personajes y, en consecuencia, con una parte de nosotros mismos que puede que no conociéramos. Pero de lo que nunca ―o, por lo menos, eso creo― nadie habla es de que hay libros que, además, «nos salvan».

Estoy hablando de esas lecturas que llegan en momentos, llamémoslos, «complicados» de nuestra vida, por el motivo que sea. Esos libros nos lanzan un salvavidas cada vez que nos adentramos en el oleaje de sus páginas y nos rescatan de una realidad de la que necesitamos ser rescatados, aunque sólo sea un rato cada día. Yo tengo varios en esa lista de «libros salvadores». Obras que llegaron en el momento preciso en que tenían que llegar, como las personas o las alegrías. Y quiero destacar ―y compartir― algunos de ellos.

Mi primer libro salvador fue «El Rayo que no Cesa» de Miguel Hernández. Tenía diecisiete años la primera vez que lo leí. Yo era una adolescente y, en medio de la confusión que recorría mi mente cada una de las noches de esa lejana primavera del año 2005, y de un insomnio creciente que se fue instaurando en mi vida, Miguel me atrapó con sutileza entre sus páginas. La evasión a cada leída de sus poemas era plena, no había nada más alrededor. No importaba nada. Sólo estábamos él y yo. La delicadeza de sus versos me emocionaba por momentos, sus sentimientos ardiendo sobre las páginas, esa manera de decir un millar de cosas con tan sólo unas cuantas palabras. Y ahora, escribiendo esto, me doy cuenta de que me gustaba tanto que, tal vez, no era lo más conveniente para vencer el insomnio, ya que terminaba por desvelarme más. Pero ¿cómo resistirse a un poeta de corazón rasgado que de madrugada te recita «Coloco relicarios de mi especie / a tu talón mordiente, a tu pisada, / y siempre a tu pisada me adelanto / para que tu impasible pie desprecie / todo el amor que hacia tu pie levanto»? La poesía de Miguel Hernández me ayudó a entender muchas cosas en aquel momento, a aprender a mirar dentro de mí y descifrar sentimientos, hasta entonces, desconocidos. Siempre será mi maestro y poeta favorito. Y aunque yo jamás alcance su genialidad, me queda el consuelo de compartir apellido con él y la seguridad de saber que, siempre que lo necesito, él me sigue salvando.

Así, fueron pasando los años. Llegaron más libros, crecí en edad, experiencias y lecturas y, de pronto, todo a mi alrededor cambió. La vida, las personas, las rutinas… Ya nada era igual. Y, entre todos esos cambios, tenía que decidir qué hacer con esa vida mía que se había estampado de bruces contra una pared de piedra. Entonces volvió a pasar, cayó en mis manos otro libro salvador. Y llegó mi más que admirado Oscar Wilde y su magistral obra «El Retrato de Dorian Gray». Ya había leído más títulos suyos, como «El fantasma de Canterville» o «La importancia de llamarse Ernesto» pero, ese diciembre del año 2010, Oscar vino a buscarme una noche desde el Londres decimonónico y me llevó con él para conocer a Dorian. Y, qué decir que no imaginéis, conocer a Dorian fue toda una experiencia. Más allá de la agudeza y genialidad con la que Wilde hila la novela, entre sus páginas volví a sentir que un ente superior me salvaba y me abstraía de un destino que no parecía saber qué rumbo tomar, de unos pensamientos que me atormentaban y de unos sentimientos que, angustiados, se hincaban fuertemente a mi ser. Dorian, además, me recordaba a alguien y Dorian, precisamente, me ayudó a darme cuenta de cómo era ese alguien. El bien, el mal, todo lo que escondemos en nuestro interior, esas acciones que nos corrompen por dentro. A mi alrededor sólo alcanzaba a ver una oscuridad reinando, todopoderosa, en un desierto de caos. Y, aunque yo no lo supiera, necesitaba leer ese libro justo en ese momento. Bien podía haber llegado antes su lectura, pero por algún motivo no fue así. No llegó hasta que no necesité con todas mis fuerzas que alguien me dijera «Cada uno de nosotros tenemos en nosotros mismos un cielo y un infierno». Y, así, me ayudara a intentar entender cómo funciona este mundo y la naturaleza humana.

Pero la vida nunca descansa y, según pasan los años, cada vez necesitamos con mayor asiduidad ser salvados. Y otro diciembre, pero del año 2013, para terminar el que se coronó como un año fatal, el realismo mágico llegó a mi vida para evadirme de una realidad, valga la redundancia, demasiado real. Estoy hablando, como no puede ser de otra manera, de Gabriel García Márquez y su insuperable, inigualable e inimitable «Cien Años de Soledad». Sin duda, de todos los momentos que estoy rescatando en estas líneas, éste fue uno de los más cruciales. Me estaba costando demasiado seguir adelante en esa labor que ocupaba mis días y, paralelamente al rumbo de la historia de Macondo, en la que la humanidad en su máximo exponente, la pobreza o las dificultades de la vida se entremezclan con la subjetividad y un sobresaliente universo de fantasía, las siete generaciones de la familia Buendía decidieron que era momento de que pasara una temporada con ellos y me olvidara de todo lo demás. Y es que puede que ellos, tan perspicaces, notaran que necesitaba leer ese fragmento que dice «Porque la soledad le había seleccionado los recuerdos, y había incinerado los entorpecedores montones de basura nostálgica que la vida había acumulado en su corazón, y había purificado, magnificado y eternizado los otros, los más amargos». Como asidua lectora que he sido desde niña puedo decir que he disfrutado con la mayoría de las lecturas que han llegado a mi vida, pero como con la de este libro, creo que con ninguna. Más allá de ese momento personal en el que me encontraba, más allá de esa apremiante necesidad de evasión mental a toda costa y de volver a sentir paz en mi interior en algún momento del día, más allá de todo eso, este libro encarnó con mayúsculas el lema del placer de la lectura. Siempre lo recomiendo como indispensable para cualquier persona, creo que nadie debería dejar este mundo sin antes haber leído «Cien Años de Soledad» y todas las enseñanzas que guarda en su interior.

Por último, en marzo de 2016 llegó otro libro salvador. Un libro que venía para liberarme, en cierta medida, de toda la tensión emocional que había ido acumulando dentro de mí a lo largo de los últimos años de mi vida, incluidos los que ya he mencionado más arriba. Pero, esta vez, llegaba de una manera distinta. No era un libro que se posaba en mis manos esperando a que me adentrara en su lectura. Era un libro con las páginas en blanco aguardando a que fuera yo quien escribiera su historia. Hace un par de años, al escribir mi libro, yo misma me salvé. Y de éste no os voy a dar el título porque estas líneas no están destinadas a hacerme publicidad, ni «mi pequeño» está a la altura de compartir el mismo lugar que las tres obras maestras que acabo de nombrar. Y porque lo más importante de ese libro fue que yo necesitaba que me ocurriera algo bonito en la vida. Y creedme si os digo que «bonito» es un adjetivo que se ha quedado pequeño.

 

María Eugenia Hernández Grande

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7 respuestas a “#289 [Los libros que te salvan]

  1. Simplemente me ha encantado, al principio se me ha hecho un poco extraño el leerte en otro formato mas formal como lo es un articulo, pero a medida que vas describiendo todo lo que te aportaron los libros, los fragmentos que has escogido de cada libro me han tocado la fibra sensible, vuelve el estilo mas lirico y personal, por decirlo de alguna manera.
    Tal vez has escogido tres autores que seran recordados, e tal vez inmortales, durante mucho tiempo, pero no significa que el tuyo no merezca atisbo de valor e importancia dentro del mundo de la literatura 😉 Cada huella es importante en el mundo.
    Y como he mencionado al principio, me ha gustado mucho tu entrada, o mejor dicho, tu artículo!
    Un abrazo!
    Cristina

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    1. Millones de gracias Cristina!! Es un formato diferente al que acostumbro pero al final siempre acabo llevando todas las letras a mi terreno personal, me alegra saber que has notado mi esencia entre líneas. Y por supuesto que sí, cada huella es importante en el mundo, me quedo con esta frase que me regalas porque es preciosa.
      Un gran abrazo y muchas gracias de nuevo!!

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          1. ¡Lo importante es llegar al máximo de personas posibles!!
            Seguro que hay gente a la que le interesaría pero que lamentablemente aún no conoce tu blog. Y también vale para el mío… Un abrazo.

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