#267 [Capítulo 0]

¿Os acordáis de que tengo un libro publicado desde hace unos meses? ¿Sí? ¿No…? Bien, sea como sea, el texto que hoy comparto con vosotros es el primer borrador de lo que iba a ser el primer capítulo de «Spleen Spleen (Seis años y quizás un día)», antes de que me diera cuenta de que lo que quería contar, no podía contarse (o yo no sabía contarlo) en forma de novela o de prosa estricta, ya que ésa era mi idea en un primer momento: escribir una novela. Éste, por tanto, fue el comienzo. El hilo del que tiré para, después, escribir lo que acabé escribiendo. De hecho, en este texto (que en su día llamé «capítulo 0») hay fragmentos, frases y oraciones que usé después para escribir el libro definitivo. Creo que, en cierta medida, en los párrafos que os dejo a continuación, está el libro entero, resumido, desde el principio hasta el final. Por lo menos estás lo más importante, la esencia de lo que es. Y ¿por qué comparto esto justo hoy, después de tanto tiempo? Por una simple razón, porque las preguntas que me hago a lo largo de esas líneas, últimamente me las vuelvo a hacer.

 

Si pudiese pedir un deseo, sería dar marcha atrás en el tiempo. Volver al punto donde comenzó todo e intentar hacer las cosas de una manera distinta. Pero eso ya es imposible, no existe un botón mágico que pueda transportarte al pasado y te permita enmendar tus errores, retroceder y volver a avanzar. No sé si tú lo sabías pero, por si acaso, te lo digo: yo lo he buscado hasta la saciedad y el esfuerzo ha sido en balde.

Así que no malgastes tu tiempo en buscarlo, no derroches tus fuerzas en lamentarte por lo que no tiene solución. El pasado ya no tiene remedio y lo único que puedes hacer es asumir tus acciones e intentar aprender de ellas. Aunque en ocasiones deseemos volver atrás y busquemos y busquemos la manera de hacerlo, lo único que nos queda son los recuerdos. Y los habrá amargos y dolorosos pero, de lo que estoy segura, es que te encontrarás con recuerdos estupendos, fantásticos y llenos de belleza.

Es la única manera que vas a encontrar de viajar en el tiempo. Paseando por tu mente, recreándote en los buenos momentos y volviendo a revivir las sensaciones que, una vez, fueron reales. Además, no sé si te has fijado, los buenos recuerdos siempre parecen mejores de lo que fueron. Es la magia, o el poder, que tiene la mente; puede convertirlo todo en algo más espléndido de lo que fue. Pero debes parar a tiempo, no se puede vivir solamente de los recuerdos. Son un arma de doble filo y pueden producirte más daño en tu mente de lo que lo hicieron en su momento.

No voy a engañarte, no sé por dónde empezar a contarte mi historia. Y por no saber, no sé ni siquiera si tengo una historia que contar, o que tú quieras escuchar. Pero yo necesito escribir y, quién sabe, es posible que tú necesites leerla. Incluso puede que aprendamos algo con todo esto; en realidad, es muy difícil hacer algo en esta vida que no nos enseñe nada.

Pero ¿por dónde empiezo? Tú, lector, estarás pensando que por el principio –cómo no–, sin embargo, vuelvo a preguntarte: ¿cuándo comienzan las historias? ¿Cuál es el primer tramo de un viaje? Con el pasar de los años me he dado cuenta de que no siempre las historias, los relatos o los viajes –llámalos como quieras–, empiezan cuando creemos. No arrancan al primer minuto, necesitan un poco más de tiempo para coger forma. Para moldearse completamente pues a veces, por no decir siempre, es complicado dilucidar en qué preciso momento tu vida se revoluciona.

Y es difícil porque, por lo general, estas pequeñas revoluciones que vivimos en nuestro día a día, al principio, pasan desapercibidas. No las notamos colarse en nuestros días, en nuestros pensamientos y en nuestras acciones. Y, de repente, un buen día notamos su presencia y nos surge la duda ¿desde cuándo soy esta persona? El rumbo de la vida cambia en una décima de segundo, pero solemos necesitar años para darnos cuenta de ello.

Y en esta historia que quiero contarte ha ocurrido lo mismo. Hay varios momentos que podrían ser el principio de todo y no tengo claro cuál debe tener el privilegio de encabezar mi relato. Hace unos años no hubiese dudado un segundo en comenzar a escribir esta historia con una fecha en concreto. Pero hoy, aquí frente a frente contigo, me doy cuenta de que, en realidad, la vida es una larga secuencia de circunstancias y casualidades que nos van haciendo rodar por diversos caminos que forman parte del mismo proyecto. Del mismo viaje.

Me vas a disculpar si, antes de comenzar a contarte, tengo la osadía de hacerte otra pregunta, para que puedas decidir con libertad si te interesa leer mi historia. Y para que yo sepa, sin dudar, que merece la pena que te la cuente: ¿has sentido alguna vez que se te desgarra el corazón por dentro? Sientes un vacío tan inmenso en tu pecho que parece, por un instante, que no hay nada dentro de ti.

Pero es tan, tan intenso, que esa sensación no puede provenir de algo hueco, sino de algo herido. La herida que sangra hasta entumecer tus órganos. Hasta que no notas ni la sangre brotar. Un vacío tan intenso que pareciera como si una fuerza sobrenatural estuviera viviendo dentro de tu alma; una fuerza que a cada palpitar, a cada inhalación de oxígeno, te empuja más abajo, más adentro de ti mismo. Que te hace bajar a los infiernos; que despierta tus demonios. Te hace darte cuenta de que ese presentimiento que rondaba por tu cabeza –y que te susurraba que algo pronto iba a romperse−, se ha cumplido.

Y es doloroso; y es angustioso. Pero, sobre todo, es triste sentir que estás roto por dentro. Y ese dolor, ese vacío, no se repara con facilidad. Permanece y se posa sobre ti, creando lodo, intentando hundirte hasta el fin. ¿Has sentido alguna vez una melancolía desgarradora? Porque es de lo que te voy a hablar en esta historia y necesito saber si lo vas a comprender.

 

María Eugenia Hernández Grande

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