#174

[Para leer la primera parte de este relato pinchar aquí]

Recuerdo nuestra última cita con gran nitidez. Como si la hubiésemos grabado en una película incorruptible al pasar de los años. Aunque, quizás, ese recuerdo de ti, o de esos nosotros que fuimos, está distorsionado. Tardé unas dos horas en contestar tu mensaje, a pesar de haberlo leído nada más recibirlo, pero no fue mucho tiempo si tenemos en cuenta que yo llevaba todo el fin de semana esperando una respuesta al último que te había enviado. Muy a tu estilo, o al de ambos quizás, jugar con las palabras disfrazándolas de ambigüedad.

«Estaré esta tarde frente al valle». Tú, invitándome a ir sin querer pedir mi compañía.

«¿Hasta qué hora estarás? No me gustaría ir para nada». Yo, que tiendo a usar expresiones con doble sentido.

No contestaste a mi pregunta pero, de todas formas, me arreglé y fui a buscarte. El calor asomaba tímido esa tarde de domingo pero yo sentía frío porque tu actitud conmigo durante esos días había descendido hasta alcanzar una temperatura invernal. Te observé a lo lejos, estabas sentado de espaldas. Dudé, aunque no te lo dije, en acercarme o desandar mi camino. No sabía a quién iba a encontrar. No sabía si iba a estar contigo y con ese yo tuyo tan adorable o si iba a estar con esa parte de ti que me hacía sentir en inferioridad. Decidí acercarme, me senté a tu lado y tardaste unos cuantos segundos en prestarme atención.

Conversaciones cara al valle, paradojas de la vida, el paisaje de nuestra última cita fue el de la primera también.

«¿Qué haces aquí?»

«He venido a verte»

«Creía que no vendrías, has dicho que no querías verme, para nada»

«Me has entendido mal, no quería decir que no quisiera verte sino que quería saber cuánto tiempo ibas a estar aquí para no venir y que ya te hubieras marchado»

Hubo un silencio. Te diste cuenta de que era cierto, me habías entendido mal o yo no me había expresado bien, ya qué más da. Quisiste tener la última palabra así que añadiste «luego dirás que si yo te digo cosas, pero tú también eres…» No repliqué, no quería discutir, nunca me ha gustado ¿sabes? Hablamos de cosas triviales; te sentía tan distante conmigo, tan extraño, tan huraño… ¿Qué había pasado esos días? Nunca lo supe, con certeza.

En el banco de al lado había una pareja de quinceañeros; él lloraba, ella miraba con indiferencia. Me sentía igual que ellos pero con los roles cambiados; yo solamente llorando por dentro porque, supongo, que ya sabía que ése era nuestro final. De pronto, un giro en la conversación. Tus prejuicios cayeron al suelo y me dijiste que me habías comprado un regalo pero que se te había olvidado traerlo el fin de semana. Luego, disimulando tu intento de disimulo, me preguntaste por los exámenes «en dos semanas serás licenciada»

«Bueno, se supone. Debería estar estudiando ahora mismo». Te guiñé un ojo, te sonreí y por fin te saqué una sonrisa a ti también. Por fin volvíamos a acercarnos a esos que éramos cuando estábamos juntos. Después me sorprendiste otra vez, querías que me fuese a vivir contigo, aunque cambiaste de tema enseguida y no quisiste darle mayor importancia, pero las palabras no se pueden borrar.

Las palabras, quizás fueron ellas nuestro problema. Nosotros que abusábamos de ellas, en nuestras cartas, en nuestras conversaciones, en esos sueños de ser escritores. Hablamos un poco del futuro por eso puede que me dijeras lo de vivir juntos. Me animaste a escribir y, ahora, te confieso que después de aquella tarde tuvieron que pasar más o menos unos nueve o diez meses hasta que volví a escribir una letra.

En la despedida volvió el frío a la par que el anochecer refrescaba el ambiente. Yo ya no podía más con tanto desconcierto, lo notaste ¿cómo no lo ibas a notar? si cada cinco minutos cambiabas de actitud y no te entendía. Se debió dibujar en mi cara alguna mueca de desconsuelo porque me preguntaste si iba a llorar. Te dije que no, y esa frase la terminé en mi interior «no delante de ti». Es curioso, puede que quizás ninguno de los dos nos entendiéramos esa tarde. Ni yo a ti, ni tú a mí. Yo, volviéndome loca por ti y consumiéndome en esa locura; y tú sabiendo de sobra que lo que me pasaba eras tú. No hubo beso y entonces lo supe, que era el final de verdad. Porque todo lo que tenías de carismático e inteligente lo tenías también de sexual.

Volví lentamente a mi casa sin saber, pero sabiendo, qué había pasado esa tarde. Siempre supe, también, que dentro de ti vivían dos hombres. Uno que me amaba y otro que me odiaba. Uno que se amaba por amarme y otro que se odiaba por el mismo motivo; y ya sabemos todos cuál de los dos ganó esa partida. Después seguimos hablando un tiempo, pero ya no volvimos a vernos. Recuerdo algún mensaje con palabras hirientes «no he ido para darte la satisfacción de que tuvieses razón pensando que no iba a ir»; y alguno un poco más cariñoso. Un disco que llegó por correo acompañado de algo así como una nota de despedida. Una carta mía que nunca obtuvo respuesta y tener que decirte yo el motivo por el que no querías verme; «porque no hay nada en mí que te interese ¿verdad?» y así lavarte yo misma la conciencia, pues ya sabíamos ambos que desde ese domingo en el que tus dos personalidades batallaron en lance delante de mí había otra persona durmiendo en tu cama.

Y no sé por qué hoy te cuento esto. Ni por qué escribo estas palabras. Sé, y me alivia saber, que nunca las leerás. Puede que lo haga porque hoy el día ha sido/estado oscuro. Y me gustan los epítetos.

O puede que sea porque durante esos años cogí la costumbre de escribirte cada vez que me sentía mal; de escribirte los días en que yo también me amo y me odio a mí misma. Porque si hay alguien que puede entender lo que es sentir dos seres viviendo dentro de ti, ése eres tú. Y por más que el tiempo pase o por más que ya no te quiera desde hace muchísimo tiempo, eso es como las palabras que decimos; eso tampoco se puede borrar.

Tan cegadora como lo es la libertad
Son los amantes, los que siempre se ahogan
Son los diamantes imposibles de tallar

Yo era el primero y estaba equivocado
Y lo prefiero a ser segundo y acertar

Iré con todo
Iré con todo
Mi libertad

Farsante, Iván Ferreiro

María Eugenia Hernández Grande


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10 thoughts on “#174

    1. Por supuesto que sí ya que, de hecho, acabó en su momento, si fuese de otra manera o si me hiciera daño no escribiría sobre ella, eso sería un poco masoquista ¿no? De todas formas no deja de ser un relato, quiero decir que aunque yo siempre me base en experiencias propias (como todos imagino) lo que queda escrito ha pasado por el filtro de la ficción. Un abrazo Littlecat!

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        1. Sí lo hacemos pero supongo que cada cual lo hace de una manera distinta, yo en verso soy más visceral que en prosa pero sigo diciendo que siempre, por lo menos en mi caso, hay un punto de ficción o una interpretación artística del tema que coja como referente, incluso muchas veces esos temas no dejan de ser algo recurrente para hablar sobre otra cosa. De todas formas, sinceramente, no sé a dónde quieres llegar la verdad.

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          1. No quiero llegar a ningún sitio. Era solo eso, q me parece que cuando las historias no se terminan y las hacemos un poco recurrentes en nuestros escritos, acaban por volver a repetirse de una forma u otra. No me malinterpretes. 🙂

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          2. Tampoco me malinterpretes tú a mí, yo a lo que recurro mucho es al tema amor/desamor porque a mí me da más juego que otros, lo que quería explicar es que no por hablar de algo en un relato significa que ese algo sucediese así, por ejemplo yo creo que aunque Kafka habló de una metamorfosis él no se transformó en mosca 😉 o yo misma alguna vez hablando de temas amorosos he escrito a mi perro que murió y parece que escribo a un amor pasado jeje

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