#173

Tiritan escalofríos.

Martillea la sangre en las venas.

Juguetea.

Fantasea.

Ardo y me consumo.

Calo y seco mis lágrimas.

Barro el serrín de mis huesos.

Siento el corazón como un pálido preso.

Cuando el temor se convierte en miedo.

Y el miedo fragmentado en mis manos

transfigura mudo hacia el pánico.

Rostro lívido, pinturas de guerra decoran mi tez.

Ilumino mis pómulos y camuflo una máscara

sin caquis ni beiges tras las horas de insomnio

fotografiadas estáticas con ojo de pez

tras las tiras que insinúan mis terrores nocturnos.

Cary Grant me observa al punto de las doce.

Me ofrece diversión, una pizca de evasión

y lo mezcla en coctelera,

mitad drama y comedia,

con arsénico pero sin compasión.

A la derecha,

siempre a la derecha,

cuatro paredes enclaustran esta luz

que no distingue si es mediodía,

noche abierta,

tarde lenta.

Desconectada la vida,

mis lentes reflejan bruma y niebla

de alquitrán, anemia y nicotina.

Colillas enlatadas abrasan la abstinencia.

La abstemia,

la astenia.

Escuecen los párpados.

Se escurren mis chubascos,

y a las once los contemplo cuando eran tan pequeños.

¿Cuándo fuimos más felices?

El pasado, diapositivas en plano secuencia.

Fundido a negro.

Contrapicado.

Detalles en gran angular.

La claqueta chasqueó sus dedos

y dimos esa escena por buena.

Validamos los salvoconductos

y esculpimos nuestros nombres

en aquel siniestro contrato;

la letra más diestra sobre un mármol caduco.

Ruidos  perennes, cacofonía inmortal,

el viento del este siempre se divirtió

masacrando sádico nuestras huestes.

A las cinco y media

―seis menos cuarto―

aguarda arrinconada esa silla de ruedas

invalidando emociones y rehabilitando dolores

que aumentan al ritmo estrepitoso del segundero.

Siempre hay gritos.

Siempre hay voces.

Vive en esta aura una sombra que engorda día a día,

piano piano

si arriva lontano,

nuestro querido y odiado malestar.

Me vuelvo fugitiva aguardando en claraboya.

Ensueño un salón con vistas rectas al mar Cantábrico.

No toleraré más escalones subiendo y bajando,

dañando y curando,

rasgando sin zarpas,

una escala de grises.

Ni abriré la puerta a más fantasmas.

Echaré el pestillo, me resguardaré de tus instintos.

Me protegeré del buhonero y de los que no puedan

cogerme con fuerza en mis horas la mano.

Sembrar los campos que escampan mi vientre.

Acariciarme el cabello y perfumarme los labios.

No me pediste permiso para echarnos de menos.

Te espero en mi cueva;

gira en esa curva

al llegar a tu izquierda.

Y ten mucho cuidado cuando abras de pronto los ojos.

Al husmear el alba y blanquear tu alma.

Porque entonces yo ya no estaré a tu lado.

Inhalo e inhalo pero contigo en mi hálito

sólo parece que exhalo.

Que expiro la última hora que aún le resta al verano.

 

María Eugenia Hernández Grande

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