#158

Bruxismo incesante.

Aprieto las mandíbulas

porque no puedo reprimir más el corazón.

Porque si lo hago dejará de latir.

Aunque a veces lo desee.

 

Tensión abotonada en mis ojales.

Hila el ovillo de mis heridas.

Pero no las remienda.

Ni las remedia.

Aún supuran los puntos de sutura

que no curan a un cuerpo abierto en canal

y un alma sangrando los ríos.

 

La piel de mis labios se resquebraja.

Sangran.

Lloran.

Se agrietan.

Arranco de cuajo los pellejos.

Quieren besos, los muy insensatos.

No me escuchan si les digo

que ningún humano conseguirá juntar de nuevo

lo que un dios ha destruido.

Lo que yo sola he roto.

 

Mal humor.

Se instala en mi interior.

Viene sin maletas.

No sabe cuánto durará su estancia.

Comprará lo necesario.

Y viajará conmigo en  tranvía

todos los días.

 

Me carcomen por dentro.

Las termitas devorando mi esperanza.

La ilusión, una plaga de arácnidos.

Campan a sus anchas.

Y fumigo mis delirios

para convertirme

en ave carroñera.

Devorándome a mí misma.

O me transformo en la urraca

sustrayendo

los anhelos fulgurosos

que escondo en resistencia.

En un arca oculta y candada

por mis cerraduras forzadas.

Empuño mi ganzúa.

Me violento con ánimo de lucro.

animus rem sibi habendi

Y, por omisión, consumo un hurto

de cosa propia.

En casa ajena.

Si nadie quiere lo que tengo,

me lo quito

y me lo quedo.

 

Bien deslucido por el sol.

Erosionado por la lluvia del pasado.

Golpea con fuerza mis ventanas.

Las que abro cuando sopla el viento afuera

y azota mi desgracia el vendaval de mis presiones.

 

Si aún soy la servidumbre de paso

que te llevó directo hasta sus brazos.

Predio dominante,

redime mis cargas.

Entorna la puerta de esta sirviente torturada

por las cadenas del ayer.

Redención y piedad.

No rebelión.

 

Huyo con pies de plomo.

Me agoto en mi cansancio.

Me caigo en el camino

y me rebozo contra el lodo.

Como tu tierra con las manos

buscando en sus partículas

las sustancias que me faltan.

Las que me hacen ser piedra

y no gema.

 

Me atraganto con mis llantos.

Vomito mis fantasmas.

Me libero en un instante

y floto en un círculo infinito

perfilado por las leyes

de la vida.

Me ordenan,

mandato imperativo,

que deje de soñar.

Que deje de buscar.

Que quién quiera que me encuentre

si es que acaso sabe pasear por los infiernos

de los que hablaba el mismo Dante.

 

Decretan que me olvide

de las reglas de la lógica.

Y que aprenda

esta vez

y de una vez

que el orden de factores

que altera mi producto.

Si, total, por mucho que me esfuerce

nunca he logrado despejar aquella incógnita

de porqué nunca coinciden

el momento y el lugar.

 

Y en este ahora,

en estas líneas,

lo confieso,

soy de letras.

Y en mi defensa alego

que si no me sirven para nada

por lo menos que me ayuden

a no ahogarme.

Y que ellas mismas

me impidan respirar.

 

Porque se pasa la vida.

Se pasan los días.

Porque se pasa mi vida.

Y todo sigue igual

María Eugenia Hernández Grande

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