#121 [Reto de Escritura I]

Hace poco Buscando a Casiopea compartió en su página una serie de retos de escritura. La comenté que en cuanto tuviese tiempo para pararme a ello intentaría hacer alguno, y aquí voy con el primero que he elegido:

10. Escribe sobre un recuerdo de tu niñez.

El 22 de abril de 1997 ocurrió mi primer recuerdo.

No es que no tenga recuerdos más tempranos, que los tengo. Recuerdo, por ejemplo, a mi oso de peluche Azulete, la serie de David el Gnomo, la película de Mary Poppins puesta en bucle todos los días o esa vez que se me cayó un diente y me lo tragué sin querer (y mi consiguiente disgusto porque ya no vendría el Ratoncito Pérez)

También recuerdo la primera casa de mi padre, aunque vagamente, ir con él los jueves por la tarde y los fines de semana alternos o el salón de mi abuelo la mañana de Reyes como lo más cercano a un paraíso lleno de regalos para sus numerosos nietos. Pero aunque normales y bonitos, ninguno de ellos es mi primer recuerdo importante.

Aquella mañana, mi madre me llevó al colegio como cualquier otra. A mí sola. Hacía meses que mi hermana mayor no podía ir porque estaba “malita” y mis otras dos hermanas más mayores estaban estudiando ya en la universidad. Antes de bajarme del coche, un Ibiza negro con una raya transversal roja, me recordó que ese día comería en casa de una amiga porque ella, mi padre y mi hermana tenían que ir a Madrid. Y me prometió que a las cinco y media, como todas las tardes, estaría puntual en el patio del colegio para ir juntas a casa y hacer los deberes, o dar una vuelta porque al día siguiente era fiesta.

Ahora – con la perspectiva que te dan diecinueve años más a los hombros – creo que un mal presentimiento me invadió por dentro por primera vez en mi vida, ya que el resto de la mañana y la comida en casa de mi amiga, algo que no dejaba de ser siempre motivo de alegría y diversión, se han borrado de mi mente por completo. Creo, ahora lo sé, que olvidé esa mañana de abril al mismo tiempo que la vivía. Y, de pronto y como por arte de magia, dieron las cinco y media en el reloj del colegio y desde la megafonía de la clase sonó esa música anticuada que, durante todos los años que pasé estudiando allí, nos avisaba de que era la hora de irnos de nuevo a casa.

Bajé al patio del colegio corriendo y allí no había nadie esperándome. Bueno, en realidad sí, pero no era mi madre. En su lugar, los padres de otra compañera  me avisaron de que iría a merendar a su casa y me quedaría allí jugando con sus hijas porque el regreso de mis padres de Madrid se había retrasado. Y en sus gestos advertí un “no te preocupes, a la hora de cenar estarás de nuevo en tu casa”. Pero los niños también saben intuir cuando algo no va bien, aunque cuando crezcamos sea algo que parezca que se nos olvida a todos.

Esa tarde se volvió a desvanecer de mi mente tan fugazmente como lo había hecho la mañana. Y esperé a que mis padres y mi hermana regresaran a por mí. Pero llegó la hora de la cena y seguía en casa de mi amiga, jugando con ella y con su hermana, supongo que pasándolo bien porque la mía llevaba mucho tiempo sin jugar conmigo. Y porque, en el fondo, la visión con la que un niño mira al mundo – y a los problemas que hay a su alrededor – es la mejor que existe. Hasta que, por fin, sonó el teléfono y escuché nombrar a mi padre. Me puse al auricular para hablar con él y pedirle explicaciones de la ausencia de todos ellos. De ese abandono que sentía tan inminente. Tan real. Y que ni podía explicarme a mí misma, ni quería entender.

No fue hasta la mañana siguiente cuando alguien vino a recogerme. La noche se había hecho larga, la espera interminable y mi corazón palpitaba asustado ante todo lo que estaba sucediendo. Pero mi padre apareció y me salvó de esa situación. Aunque por poco tiempo. Me contó todo lo que ocurría y me llevó a comer fuera. La tristeza fluía libremente en el ambiente. La suya. La mía. Y la que nunca se iría de la familia. Después me llevó a casa de mi abuelo, el lugar dónde yo viviría en los próximos meses, concretamente hasta finales de junio. Aunque ese primer día mi estancia tenía un pronóstico indefinido.

Recuerdo esos meses con gran nitidez y ni los años ni la madurez han conseguido que me olvide de ellos. De esos sentimientos más bien. Del dolor temprano y el frío de una noche que se prolongó casi tres meses. De lo muy querida que me sentí por mi abuelo y mi tía. De que llené sus vidas de alegría cuando otra parte de la familia sufría. De que fue él, mi abuelo Ramón, el que me enseñó a dividir con decimales. Y que para mi tía fui la hija que nunca tuvo. Que me mimaron. Que me besaron. Que me dieron caprichos. E intentaron que una niña de nueve años no sufriese de más mientras su hermana lidiaba con la muerte en un hospital.

Y lo consiguieron todos los días, excepto los viernes por la tarde. Cuando me quedaba mirando por la ventana de su salón esperando ver aparecer a mi madre por la calle, de vuelta de aquel hospital. Para estar el fin de semana conmigo. Y hasta los domingos por la tarde, cuando en el coche lloraba implorando a mi madre. Y mis ojos y mi boca se conjugaban en un “quédate conmigo” que sólo con el tiempo he entendido que la dolía más a ella que a mí.

Recuerdos. Importantes. Que fueron vivencias desagradables. Que nunca llegarán a olvidarse del todo. Ni a esfumarse de nuestras vidas. Porque esa maldita enfermedad nunca se irá de nuestro lado. Porque llegó, sin saber exactamente cuándo ni por qué, para arrasar con todo lo que se la pusiera por delante. Ésa que modifica la realidad. Que la trastoca hasta que logra colarse en tus entrañas. Y en la de todos los que tenga cerca. La misma que te canda la boca, te cierra el estómago y te nubla la mente. Porque ella de lo único que tiene hambre es de todas las almas que encuentre.

La enfermedad que engulló de golpe un trozo de mí, también. Y cambió, sin tener que hacerlo, la percepción de la infancia por una visión más madura, pero que tendría que haber tardado unos cuantos años en llegar. La única cosa que odio en esta vida con todas mis fuerzas. Por esos daños colaterales que aún siguen llegando. Porque, aunque no logró acabar literalmente con la vida de mi hermana, logró algo mucho peor. Destrozar la de todos. Por capricho. Y la suya sin remedio.

Ese primer recuerdo que marca una infancia. Y toda una vida.

Sé que éste no es mi mejor relato, quizás me han podido los sentimientos. Las emociones. Y no poder relatarlo con la misma frescura que una niña. Así que, quizás, es un reto no superado. Pero me aplicaré más la próxima vez.

María Eugenia Hernández Grande

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15 thoughts on “#121 [Reto de Escritura I]

  1. Maru… Uff… No sé muy bien que decirte, sabiendo como eres y lo que siempre le cuesta a uno exponer sus recuerdos más tristes. Yo no pude hacerlo. Quise hacer algo parecido hace 17 días por mi padre, pero mis fuerzas flaqueaban cada vez que quería ponerme a escribir. Aunque también te digo que me has dado el empujón necesario para hacerlo, no sé muy bien como, pero lo has conseguido.
    Ahora te comprendo un poquito mejor y veo esa fuerza que siempre he visto latente en ti. Se me hace tan difícil escribir llorando, eso sí que es un reto.
    Y el reto está más que superado. Has encogido mi maltrecho corazón y mi alma me ha abandonado para ir a abrazarte. Me has ganado del todo. Y beso el suelo que tú pisas por el simple hecho de exponer algo tan delicado como eso y hacerlo de manera brillante. Un beso enorme pequeña, siempre aquí.

    PD.: Me parece genial lo de los retos, creo que me animaré a hacer unos cuantos 😉

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    1. Siempre sabes muy bien qué decirme y a mí sólo me queda darte un millón de gracias por ello, por todo tu apoyo, tu amistad y esa familiaridad que se ha instalado entre nosotros. Un reto, como te dije ya, no deja de ser enfrentarse a lo que uno cree que no puede, por eso elegí éste el primero de entre todos los que había aunque fuese exponerme de una manera más directa. Y sí, yo también lloré un poquito mientras escribía. Adelante con los tuyos, quiero leer alguno así que tienes deberes jaja. Un besazo!!

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  2. Buf, terrible historia, Maru! Tuvo que ser durísimo. Sé que quizás no te ayude, pero lo siento mucho y espero que hayas sacado un aprendizaje de todo esto.
    Darte la enhorabuena por un reto que creo mas que conseguido, ya que la forma en que los has descrito es magistral. Me he metido tanto en la piel de esa niña que por poco no me pongo a llorar.
    Un abrazo fuerte!!

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    1. Todos tenemos historias más tristes, pequeñas miserias emocionales que nos han ayudado a crecer. Quizás si pudiese cambiar lo vivido lo haría sin dudarlo pero como eso es imposible me quedo con lo bueno, con lo que aprendí y lo que se quedó en mí. Te doy un millón de gracias Lidia y te mando un abrazo grande! 😊

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  3. Madre mía Maru!!! Qué valentía!! Según iba leyendo se me iban las lágrimas, diciendo para mí no, no, no, no. Ha habido momentos en los que he sentido una especie de violencia, de sentir estar invadiendo una intimidad demasiado valiosa, pero no podía parar de leer. He terminado tu relato llorando a moco tendido.

    Todas las enfermedades son malas, pero hay algunas especialmente crueles que nos marcan para siempre. Y hay que aprender a vivir con ello, ¿verdad? No sé si podré hacer lo que tú algún día, sentirme tan expuesta.

    Solo decirte que tu hermana tiene una verdadera joya en casa. Miles de besos 😘 😘😘

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    1. Los niños son muy valientes y yo en el fondo doy gracias por haber vivido esos momentos durante la niñez ya que ahora de mayor veo la cosas distintas y me afectan mucho más, ojalá esa visión de la vida nunca se fuese. No me gusta exponerme de una manera tan directa, prefiero siempre los versos donde digo y no digo del todo lo que siento, pero al ser un reto ésa era precisamente la dificultad, superar lo que nos asusta. Y sí, las enfermedades son todas terribles pero sé que tenemos la fuerza necesaria para luchar contra lo que nos van poniendo en el camino ☺ Un besazo Anita, tú si que eres una joya en todos lo sentidos! Gracias!!

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    1. Vivir esas experiencias en la infancia quizás es mejor, por lo menos lo fue para mí, porque como he dicho en el relato un niño lo ve todo distinto y sabe abstraerse en cierta manera de lo su ocurre porque no dejan de tomarlo como algo normal. Pero ojalá ningún niño ni adulto tuviese que vivir algo así… Un beso grande, muchas gracias!!

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