#117

Sigue tu camino.

No quieras cruzarlo con el mío.

Si tú no sabes nada.

Si, en realidad, no me conoces.

No has visto mis demonios peleando con mis ángeles.

Tú no puedes devolverme los años

que entre todos me robaron.

Cuando el ánimo de lucro se mezcló con tu lujuria.

Y la libido del hambre arrasó con mi cosecha.

No sé si sabes.

Que como cualquier moneda

yo también tengo un reverso y un anverso.

Mi cara y mi cruz.

Tan manoseadas y oxidadas

que sólo los dedos más hábiles saben diferenciarlas al “con-tacto”.

Calderilla devaluada por los recortes del tiempo.

Y mi inflación es una broma sarcástica y de mal gusto.

Tengo dos caras.

No olvides que muestro la que quiero mostrar.

Que aún me queda libertad,

siquiera para eso.

No seas ignorante.

No sabes en qué gasto mis días.

No imaginas a quién dedico mis horas de insomnio.

Ni sabes que suelo confiar

en la persona equivocada.

Y que voy siempre a enamorarme de quien no debo

 ni puedo.

De quien no repara en mi existencia.

Más allá de oler a ratos mi presencia.

Que siempre elegiré por impulso

lo que me haga más daño.

Y es algo categórico e incontrolable.

Porque tengo cierta tendencia

a la autodestrucción y lo oscuro.

Al camino difícil.

A las almas revueltas.

A la lucha incesante.

Somos como un imán

que ni la fuerza más sagrada

logra nunca separar.

Yo soy como el niño que pierde la sonrisa al caerse del columpio.

Pero cada tarde regresa a jugar con sus amigos en el parque.

No sabes lo bien que se me da

rebozarme entre la mierda.

Que parece que hace años que,

a diario,

expío mis pecados y,

de paso,

también los de aquel hombre que tienes a tu lado.

Y los de ese otro.

Y no me olvido del que me observa meticuloso desde atrás.

Que soy un accidente.

Un suceso extraño que cambia el rumbo natural de la vida.

Como la colisión entre un camión y un motociclista.

De frente.

Choque frontal y traumatismo craneal.

Respondo del caso fortuito.

Y de la fuerza mayor.

Por lo evitable y lo inevitable.

Por esa violencia insuperable tal…

Y todo eso lo siento aquí en mi pecho,

en medio del predio donde lindan

esos dos lunares flanqueando mi costilla izquierda.

Justo en el lugar donde late el corazón.

Y nace mi razón.

Todos mis deseos.

Todos mis misterios,

vuelan por el aire

junto a los cristales hechos añicos

del parabrisas que no pudo

detener este acontecer.

Soy insomne.

Tipo búho.

Y al amanecer

y de madrugada,

la angustia en aquelarre

baila alrededor de mi hoguera de cariño

ahuyentando a mi manada.

Que se fuga despavorida en busca de algún lobo

que devore mis entrañas.

Porque a veces creo que no las quiero para nada.

Cuando parece que lo he perdido todo.

Sin llegar siquiera nunca

a haber tenido ni una sola

de las cosas importantes.

Y en las tardes frías de este invierno,

que corre lento como un milenio perdido,

me miro fijamente en el espejo sin buscar en mí belleza.

Sólo queriendo encontrar tras el brillo de mis dientes

la sonrisa que tú,

monstruo de seiscientas manos,

me quitaste.

Y en ella a la persona

que fui en algún momento.

Pero me encuentro sólo a mí misma

y al yo que soy ahora.

Algunos días paseo sola

a las cuatro y pico de la tarde

Y el frío me nubla las lentillas,

me empaña la mirada

y las luces de la calle se hacen dobles.

Sopla el viento a mi alrededor

y deja a su paso un ambiente

en el que no hay lugar para la compasión.

Me deja ensordecidos los oídos

y una ráfaga de miedo y rabia

dobla a la mitad el tronco de mi espíritu.

Pero, no lo has observado,

hace rato que ya se hizo de noche.

Así que apaga tus antorchas.

Que ya por dentro prendo yo una llama

que alumbra los carriles del tren de mi destino.

Y antes de acabar,

devuélveme también los guiños de mi  infancia.

La voz llorosa suplicando un “quédate conmigo”.

La promesa que me hice de que los hijos que no tengo

nunca vivirían esos chances.

Pero, ¿quién sabe?

Quizás te estoy mintiendo.

Como una actriz dramática y satánica.

Me muevo en la comedia

e inclino mi cabeza.

Saludo a todos los espectadores de mi obra,

que no entendieron mis palabras,

mis acciones

ni mis declamaciones.

La función, recuérdalo cariño,

nunca duerme,

como yo.

Hace tiempo que improviso mis monólogos.

Y no te has dado cuenta.

Será que es la primera vez

que la protagonista no aparece

hasta que baja el telón

a buscarla entre sus nieblas.

María Eugenia Hernández Grande

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10 thoughts on “#117

    1. No creo que tú te quedes sin palabras 😉 Como siempre gracias David por tanto de una manera tan fácil, un dulce balazo en la sien… me ha encantado esta descripción tan precisa porque supongo que cuando escribo con rabia (o amargura) eso es lo que siento mientras lo hago. Abrazos enormes!!!

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  1. Una vez una profesora de teatro dijo que todos somos actores y actrices de la vida, que de éso se trataba y por éso nos gustaba tanto interpretar, porque era un símil de la vida pero que la diferencia es que cuando salíamos a actuar sabíamos nuestro guión, en cambio en la vida te abren el telón y sales en blanco así que no te queda otra que improvisar.
    Tu escrito me ha recordado a aquella profesora y a sus palabras.
    Cada uno actúa como piensa que puede llevarlo mejor.
    Como ya te comentó alguien, grandes actrices de la vida.
    Me gustó muchísimo.

    Le gusta a 1 persona

    1. Me encanta ese símil de tu profesora ojalá nos lo dijesen a todos en algún momento de la vida. Y por supuesto aunque no nos quede otra que improvisar siempre tenemos que hacerlo de la mejor manera posible. Muchas gracias por este bonito comentario, me alegro mucho de que te haya gustado. Un abrazo!

      Le gusta a 1 persona

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