#81

Perdona, cariño, si hoy no le doy mil vueltas.

Que hoy vaya a ser tan directa.

Y me atreva, arropada por la colcha de la valentía que abriga mis letras en la noche, a preguntarte.

Y a desear que me contestes con la sinceridad que completa ese juego de sábanas.

​¿De cuántas cosas te arrepientes?

 ¿Qué es lo que has hecho mal en estos años? 

Porque yo tengo un problema.

El problema que te enreda y no te suelta cuando sólo sabes responder a la primera.

Pero no a la segunda pregunta.

¿Qué he hecho mal? 

¿Qué es lo que falla?

¿Tú lo sabes?

Yo tampoco.

Del todo.

O prefiero no saberlo.

Con certeza.

Porque hace tiempo que creo que la respuesta debo ser yo.

Que yo soy la que falla.

Que yo soy lo que hago mal.

Porque, por más vueltas que le doy a la peonza que pende entre mis nieblas, nunca encuentro otra salida.

Más que este callejón tapiado al fondo.

La respuesta que se escapa.

Conduciendo a mil por hora la autopista de mis dudas.

Y frena en seco al llegar a aquel stop.

En el que pone «cuidado, no pensar».

Y se choca por inercia contra el poste de la realidad.

Del mismo que dice que la respuesta sólo es que quizás tú me volaste la cabeza.

Y ya no hay nada dentro que se pueda salvar. 

Perdona que aproveche que tengo captada tu atención.

Para pedirte algo así como un favor.

Y ose este rocío, que aún no aprende a empañar las madrugadas, a rogarte esta oración desesperada.

Y a implorarte suplicante un «podrías volver por aquí alguna vez más».

Aunque fuese sólo para comprobar que todo ese incendio nos quemó la piel y no la verdad.

Que fue realidad.

Pese a todos los cubos de arena que me hacen creer que calmaron las brasas de tu arder. 

Volver.

De nuevo. 

Para poder vestir nuestras sensaciones apolilladas en el armario de la ropa de verano.

Sentir que tú más yo es igual a vida.

Tenerte al lado.

Besarnos.

(Incluso me conformo que no sea con los labios)

Y que todo comience a tener sentido.

Si es que alguna vez lo tuvo.

O si es que lo tiene que al final de mis renglones te confiese.

Que te echo de menos aún a ratos.

Pero no tanto a ti como a tu esencia.

Como a todos los rocks & rolls que entonaban tu presencia.

Ni tanto a ti.

Como a toda la esperanza que se perdió con tu partida.

Asustada entre la senda de las despedidas.


María Eugenia Hernández Grande


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