#72

Lágrimas.

Se ahorcan en la ducha.

Suicidas seducidas por promesas falsas de mortíferas dulzuras.

Insensatas.

Se arrojan a volar sin ver el aire.

Planean graciosas y ligeras, haciendo cabriolas en medio de una atmósfera tan viva como extinta.

Se mezclan con olores a jabones.

Creyéndose la espuma que sopla todos los temores relajados que se escapan río abajo a través de mi desagüe.

Cierran la mirada tras sus gafas de cristal que ahúman la obviedad de la evidencia reincidente.

Y redundante.

Sienten al sueño posándose pesado sobre los brazos que mataron tus abrazos.

Valientes desertoras de una vida enmudecida a cada acorde de canciones.

Se acuerdan de ti bajo las gotas que llueven la bañera.

Queman tu olor a piel desnuda.

La asfixia, con nocturnidad y alevosía, se convierte en la asesina que sufrió aquellos desplantes.

Lágrimas.

Sentimientos trenzando su elemento.

Se pasean rebajadas en tormentas de eléctricas memorias .

Y yo hablo por ellas si te digo que las hubiera gustado verse reflejadas en todos tus espejos.

Que hubiesen querido ver saltar a sus gemelas por el precipicio nacido en la cuenca de tus pómulos.

Verte llorar, seamos claros.

Y así comprobar que tú también eras humano.

María Eugenia Hernández Grande

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