#5 [¿Eres un sueño o eres real?]

Relato participante en marzo de 2011 en el Concurso de Relatos Beso de Rechenna bajo el título “¿Eres un sueño o eres real?”.

Se encontraba solo en el exilio. Soledad profunda y soledad amarga, las dos unidas y mezcladas con la presencia de todo aquella gente que le rodeaba, que en nada le ayudaban aunque les debiese la vida.

“No hay peor soledad que la que se siente al estar rodeado por mucha gente”, pensaba a menudo para si, melancólico de los besos de su amada, de aquella dama a la que había tenido que abandonar, de la que ahora le separaba un océano de sentimientos y de la cual extrañaba profundamente sus besos.

Recordaba todos y cada uno de ellos; los dulces, los tiernos, los apasionados, los pedidos, los robados, los dados con la agravante de nocturnidad y los otorgados triunfalmente a plena luz del día. Los recordaba, los extrañaba, los deseaba; los añoraba amargamente. Sin consuelo. Sin esperanza. Sin razón.

Pensaba que uno de aquellos besos le devolvería el aliento de vida que ahora le faltaba. Cerraba los ojos y sentía los labios de su musa rozándole el cuello, posándose amorosamente en su boca, despertándole de aquella pesadilla. Pero, al abrirlos de nuevo, la realidad le golpeaba como una bofetada en la cara. Ella no estaba. No había besos. No había amor. No había nada más que recuerdos, y un interrogante que le desgarraba la vida “¿Se acordará ella de mí, al igual que yo?”

Una tarde de lluvia, el viento del oeste golpeó en su ventana, invitándole a salir afuera, a la playa. Paseó por un sendero dibujado por las conchas entre la arena, olvidándose del tiempo, evocando sus recuerdos. Las finas gotas de lluvia se deslizaban por su piel, como si hubiesen decidido ser las lágrimas que todo su cuerpo llorase. Para su pena no bastaba sólo con las que manaban de sus ojos.  El viento trajo aromas de tormenta, mezclados con perfume a flores y, de pronto, se detuvo. Decidió dar media vuelta y regresar a la cárcel de sus entrañas.

Al pie de la puerta principal encontró una carta, mojada por la lluvia. Sintió una mariposa batiendo sus alas dentro de su estómago. Arriba y abajo. Deprisa. Muy deprisa. No tenía remitente, pero no era necesario. Esa carta había viajado por medio mundo para encontrarse con su lector, nada ni nadie habría podido impedir que ambos llegasen a reunirse.

La abrió con cuidado y sacó de su interior una cuartilla de un papel ligeramente amarillento, con una pregunta escrita: “¿Eres un sueño o eres real?”; la misma pregunta que él siempre le hacía a ella. Había otra cuartilla igual dentro del sobre en la que estaban impresos unos labios de mujer, con carmín rojo, simulando un beso que él quiso imaginar eterno y cálido. Debajo de ellos otra frase rezaba así: “Te envío los besos que el mar me impide darte”.

María Eugenia Hernández Grande

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